Las etnias del Orinoco venezolano. [Parte 2]

| Junio 6, 2013 | 0 Comments

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Como continuación al primer artículo de las etnias que habitan la Amazonia venezolana, os dejamos la reseña de las seis restantes que nos quedaban tras el primer capítulo. Desde hace miles de años los indígenas del Orinoco han poblado la selva tropical de la que han obtenido todo lo necesario para subsistir. Este mundo en constante evolución amenaza con borrar cualquier vestigio de estos grupos étnicos. Tratemos de evitarlo y conservar su cultura y tradiciones.

 

PUINAVE: Renovadores del mundo


Túpana, el Creador, descendió del mundo celeste, para sacar a los hombres de las entrañas de la tierra. Cuando vio que eran enanos, sopló a través de una hoja de tabaco y los hizo grandes. Entonces, les enseñó a sobrevivir. Ellos no le agradecieron y trataron de matarlo. Por eso, Túpana creó a la diosa Yopinai, que le dio a las mujeres el poder de esclavizar a los hombres.

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Los puinave son una etnia minoritaria de origen colombiano. Llegaron a Venezuela, desde la región del Inírida en Colombia, para establecerse en las inmediaciones de Guasuriapana y San Fernando de Atabapo. No se sabe muy bien cuándo ni por qué rutas lo hicieron.

Se desconoce con certeza el origen de la lengua puinave. Algunos piensan que forma parte de un subgrupo de varios lenguajes, incluyendo el tucano y el macú, aunque hay quien la considera una lengua independiente.

Los puinave se asemejan a los criollos del Apure, Bolívar o Amazonas, regiones donde la interacción cultural entre criollos e indígenas ha sido intensa. Los hombres, sin excepción, usan camisa y pantalón, y las mujeres, vestidos de algodón.

Hoy en día, han adoptado la vivienda estable al estilo criollo, alterando su tradicional vida nómada, con la que se desplazaban de continuo dentro del territorio tribal. Cada aldea y su territorio pertenecen colectivamente al grupo que la habita.

Tienen una rica tradición de rituales religiosos. Por ejemplo, la ceremonia yurupary, que devuelve el equilibrio a todos los seres y reestablece las conexiones ancestrales. Es un rito de pasaje que marca el momento en que los jóvenes dejan el mundo de las mujeres y los niños, para tomar sus responsabilidades adultas.

Su principal sustento es la pesca y la caza. Estas actividades son comunitarias, y tradicionalmente los excendentes son compartidos para satisfacer equitativamente las necesidades de alimentación del grupo. Hoy en día, estos principios de solidaridad y ayuda mutua se han visto alterados por su adaptación a las actividades económicas no tradicionales.

 

BANIWA: Artesanos del Bambú


En el comienzo del mundo, no había luz y únicamente Nápiruli, el Creador, podía ver a través de la oscuridad. Primero creó a Dzuuli, su hermano menor. Luego vino la creación del hombre y de la mujer, seguida por la creación del mundo, de la luz, de la tierra, del agua, de las plantas y de los animales. Nápiruli creó semillas para cada planta: una de yuca, una de piña, una de caña de azúcar, y una de plátano. Entonces les enseñó a las mujeres cómo sembrar, cosechar y tejer el catumare, cesta mágica utilizada para recolectar y transportar los alimentos.

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Los baniwa viven en Maroa, la capital del departamento Casiquiare en el estado Amazonas de Venezuela, así como cerca del Caño Aquio y del Río Isana en Colombia. La violenta historia de esta región ha tenido como consecuencia la migración de los baniwa hacia San Fernando de Atabapo, a San Carlos de Río Negro, a Santa Rosa, a Puerto Ayacucho y al Río Xié en Brasil.

Su lengua pertenece a la familia linguística arahuaca, y está íntimamente relacionada con las de los baré, tsase, warekena y wakuénai, habladas por aproximadamente dos mil personas que se encuentran dispersas entre Venezuela, Colombia y Brasil.

Como todos los grupos étnicos de la región del Río Negro, los baniwa han sufrido las consecuencias de la explotación cauchera que tuvo lugar a principios del siglo XX. Su población ha disminuido y su cultura cambió, aunque no han perdido del todo su antigua mitología. Su Creador Nápiruli (Iñápirrikúli) es una deidad que también es honrada por otros grupos arahuacos del sur venezolano y colombiano. El sistema de creencias de los baniwa tiene mucho en común con los de otros grupos tales como los tsase, los warekena, los wakuénai y los baré.

Puesto que uno de sus principales recursos es la pesca, viven en aldeas a las riberas del río y en algunos centros urbanos. Su progresivo abandono de la forma de vida tradicional ha provocado que se hagan cada vez más dependientes de los productos industriales. En la actualidad, compran de los criollos alimentos tradicionales como el mañoco y el casabe, generalmente a precios muy elevados.

Los baniwa aún practican la música y la danza tradicional, al igual que la transferencia generacional de sus leyendas y creencias. Según estas, los aparo son Mawali, es decir espíritus malignos. Estos pequeños hombres navegan las oscuras y turbulentas aguas de los ríos Guainía y Negro en minúsculas curiaras. De esta forma traen la lluvia, el viento y la neblina. Navegan los ríos durante la estación lluviosa y si acaso son vistos, voltean las curiaras de los humanos para hundir sus herramientas en el fondo del río. A pesar del miedo que los aparo provocan a los baniwa, éstos siguen aventurándose hacia los ríos, tal como hicieron sus antepasados, en busca de alimentos.

 

WAREKWNA: Nietos del picure


Existía una disputa entre los hombres-avispa y los hombres-ave por el dominio del mundo. Kuwai, el Creador, llegó al reino humano para traer orden al caos. Expandió los territorios y trajo la luz. Los warekena aprendieron de Kuwai y sus parientes todo sobre los alimentos, la música, la tecnología, la religión y las costumbres que distinguen los sexos.

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Warekena significa “nietos del picure”, animal sagrado del cual se consideran descendientes. Esta etnia se desprendió de un grupo social más amplio conformado por los tariana, bare, tsase y wakuénai, de ahí la extraordinaria similitud lingüística y cultural que guarda con ellos. Pertenecen a un tronco lingüístico común, el arahuaco.

La población warekena habita principalmente en las comunidades de Wayanapi o Guzmán Blanco, a las orillas del Guainía-Río Negro y en algunos sitios del caño San Miguel o Itini-Wini. Muchas familias emigraron hacia el Orinoco, el Atabapo y Puerto Ayacucho, como consecuencia del proceso de colonización y de la explotación cauchera de los años 1913 a 1948.

Una larga historia de contactos con caucheros, esclavistas, comerciantes y colonos en general hizo estragos en su cultura. Entre los warekena capturados como esclavos para trabajar en la explotación cauchera hubo numerosos shamanes, depositarios de los secretos de su cultura, que al morir se llevaron consigo la memoria de sus prácticas y ceremonias sagradas.

Hoy en día, los warekena acuden a los shamanes de sus vecinos wakuénai en el Guainía, y ello ha permitido un renacimiento de sus ceremonias y rituales. Desde hace poco han vuelto a celebrar ritos de iniciación de jóvenes warekena, en que se pintan los cuerpos con una resina vegetal roja, llamada chica, que simboliza la sangre de Nápiruli.

Durante la temporada seca, aparte de cosechar, los warekena se dedican a la pesca, utilizando trampas llamadas cacures y redes tejidas con fibra cumare. También se dedican a la agricultura de tala y quema.

Tradicionalmente, los warakenas utilizaban materiales como la arcilla del río, maderas, fibras de plantas, tintes y resinas para fabricar sus herramientas. De la cestería tradicional se conserva el tejido de objetos utilitarios, como guapas y manares, usados para el procesamiento de la yuca amarga. También es frecuente la fabricación de cestas de carga, llamadas catumares.

 

WAKUÉNAI: Ancestros del jaguar


En el origen, todas las semillas del mundo estaban en un hueco en la tierra de los wakuénai. El Creador Iñapirrikuli fue sacando de él a todos los seres, y también a los indios y a los blancos. A los indios les enseñó los libros, y les preguntó si los querían. Contestaron que no. Luego les enseñó las flechas, los arcos, las canoas y las cerbatanas, y enseguida dijeron que sí. Cuando sacó a los blancos, les enseñó los libros, y ellos dijeron que sí. Fue así sacando a todos los seres y preguntándoles lo que querían ser. A los animales les dio sus colores y sus cantos, y así creó el mundo.

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Wakuénai significa gente que habla wakú, lengua que pertenece al tronco lingüístico arahuaco. Su territorio tribal comprende las regiones amazónicas de Venezuela, Colombia y Brasil. En Venezuela se concentran en el distrito Casiquiare del Estado Amazonas, sobre todo en las riberas de los ríos Atabapo, Guainía y Orinoco.

Cazan y pescan para su sustento. Las cerbatanas, arcos, flechas y lanzas fueron poco a poco sustituidos por instrumentos modernos. Aunque se refugian en la selva durante conflictos o enfermedades, los Wakuénai prefieren el río. La pesca es una actividad importante y fundamentalmente masculina. Los modernos instrumentos han sustituido a las cerbatanas, arcos, flechas y lanzas, sin embargo, aún continúan usando redes y trampas tejidas.

Siguen practicando la agricultura y han desarrollado un mercado para las fibras de chiquichique que crecen a las orillas del río, lo cual requiere un esfuerzo continuo que descarta la cosecha. También practicaban la agricultura de tala y quema. La yuca es uno de sus principales recursos.

Los Wakuénai continúan produciendo sus artesanías tradicionales, altamente cotizadas en el mercado, como cestas, tapetes y sombreros tejidos al estilo criollo. Aunque la cestería era una artesanía practicada exclusivamente por los hombres, la demanda comercial ha hecho que las mujeres se hayan incorporado a la tarea.

 

TSASE: Gentes del tucán


En los comienzos del mundo, el Creador Kúwai-Séiri habitaba en la región de los raudales del Ayarí, con su esposa y sus parientes. Los tsase pescaban, recogían frutos silvestres y cazaban. Kúwai-Séiri les llevó la agricultura y, sobre todo, el cultivo de la yuca amarga. El Creador enseñó a los tsase a sembrar y a convertir este alimento sagrado en casabe y mañoco.

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Los tsase, o “gente del tucán”, también se conocidos como Piapoco, son uno de los grupos más pequeños de la región que descendieron de la antigua cultura arahuaca. En su día fue una de las sociedades más importantes del continente.

La adaptación a distintos ecosistemas influyó en la diferenciación de esta etnia en dos grupos claramente definidos: los tsase de la sabana, llamados manakuári; y los de la selva, conocidos como análima. Hoy en día, los Tsase habitan en el este de Colombia y en el Estado Amazonas de Venezuela; algunos de ellos, en las áreas más pobladas.

Los matrimonios tsase en ocasiones son polígamos. En esos casos, la primera esposa tiene mayor autoridad que las demás, aunque eso no crea muchos conflictos entre las esposas. Todas viven en una misma casa y se distribuyen las tareas de acuerdo con la edad. La mujer mayor edad se ocupa de la cocina, los niños y la casa, mientras la más joven se encarga de los trabajos agrícolas que requieren fuerza.

Los Tsase practican las destrezas artesanales que han sido provechosas para el comercio. Siguen practicando el arte de la cestería tradicional. Tejen sebucanes, manares y guapas, utilizando para ello fibras muy diversas como curagua, cucurito, tirite, chiquichique y cumare.

 

BARÉ: Tejedores del Río Negro


En el principio del mundo, todo era asexuado, incluyendo las estrellas. Yamadu, el espíritu maligno, dueño de la Naturaleza, tenía un grupo de ayudantes, enanos de largos brazos y enormes cabelleras. Los Baré les temían y se defendían de ellos con astucia, pero no eran tan malos como parecían, sino más bien burlones y amenazantes.

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Según algunos estudiosos, Baré significa “compañero”, mientras otros piensan que la palabra podría derivar de “bari”, que significa “hombres blancos”. Hablan una lengua que pertenece a la familia lingüística arahuaca, y que el cruento proceso de aculturación ha hecho desaparecer casi por completo.

Su territorio se extendía desde Manaos, a todo lo largo del Medio y Alto Río Negro y el Brazo Casiquiare, hasta algunas rancherías en el río Pacimoni. Hoy en día están dispersos en la región del Casiquiare, en centros poblados criollos como Puerto Ayacucho, San Fernando de Atabapo, Solano, San Carlos de Río Negro, Santa Rosa de Amanadona y Santa Lucía.

Dado que en el territorio Baré, la cacería mayor era inusual, cultivaban cosechas, cazaban animales pequeños, y pescaban. Es probable que cazaran dantas, picures y lapas, además de algunas aves como pavas, paujíes y gallinetas. Usaban cerbatanas, arcos, flechas y algunas armas introducidas por los europeos, como rifles y machetes.

Los Baré tejían telas y fabricaban cestas y vasijas, y también tallaron curiaras y canaletes de madera. Fabricaban con chiquichique toda la cordelería necesaria para pescar. Entre los objetos de la cultura material Baré destacan los chinchorros tejidos con fibras de cumare, curagua y moriche. Estas fibras deshilachadas y secadas al sol, eran teñidas de rojo, morado y amarillo.

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